Un plan económico para volver a crecer

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Diario Clarín

El mundo enfrenta un escenario con crecientes complejidades e incertidumbres. Una rápida recorrida desde Asia hasta las Américas, pasando por Medio Oriente, África y Europa, pone de relieve un escenario mediocre en términos de crecimiento económico. Del grupo de países BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) sólo nos queda la I, de la India. En este contexto, se percibe, en mis permanentes trabajos internacionales un creciente interés y curiosidad por la Argentina y su sistema político como hace mucho tiempo no se observaba. Las expectativas son altas, es necesario estar a la altura de las mismas.

Puertas adentro de nuestro país, se observa un proceso caracterizado por un permanente “prueba y error” que cruza todas las esferas de las políticas públicas. En efecto, más allá de corregir las equivocaciones, estas idas y venidas han tenido importantes costos asociados al proceso de normalización económica. Se hizo mucho, con un marcado sesgo profinanciero, dejando de lado el aliento a la producción y empleo. Todo se combinó con una errática corrección de precios relativos (tarifas); un vaivén en el gasto público con gastos de capital congelados seguido de aumentos en el gasto corriente generando incertidumbre acerca de la reducción del desequilibrio fiscal.

Pasada esta primera etapa; es el momento de sentar las bases de una economía estable y con expansión de la capacidad instalada. Resulta necesario un programa económico integral, explícito y convergente. Integral, porque la política económica no puede manejarse como platitos chinos, es un sistema de relojería que necesita una coordinación abarcativa. Explícito, porque es fundamental que esté plasmado institucionalmente, que pueda controlarse y que su cumplimiento genere credibilidad. Por último, las variables más relevantes han tenido sobresaltos a lo largo de esta primera mitad de 2016 similares a la imagen de un electrocardiograma, cuando en realidad deberían moverse todas en dirección convergente. En la práctica esto significa fijar metas trimestrales con un horizonte plurianual en la recaudación, el gasto, la emisión, los precios y salarios, los subsidios y la inversión pública. La falta de un sendero “balizado” es la razón principal detrás de un sector privado reacio a hundir capital, lo que retrasa la ola de inversiones tantas veces conversada pero aún no realizada.

Una vez pasado este proceso de aprendizaje se avizora un cambio de estrategia oficial orientada a que la actividad económica rebote lo más pronto posible. Varios factores marcan este nuevo intento: más fondos a las provincias, la promulgación de ley de reparación histórica de los jubilados que implica más de un punto del producto volcado al consumo, sumado a paritarias con cláusulas de reajuste pendientes. Todo ello no podrá escapar a un mix de menor actividad y mayor inflación que el comprometido por las autoridades. Así se genera una permanencia en el tiempo de elevados déficits fiscales, más allá del cambio en su financiamiento (ahora orientado a deuda más que a emisión). A su vez, emerge una política cambiaria que se sube a los efectos inestables del Brexit para amortiguar su impacto y recalibrar el incipiente atraso cambiario que afecta a los sectores productivos. Así, se suma un grado de volatilidad cambiaria aceptable, pero del que también debe señalarse que no estamos acostumbrados, en particular los formadores de precios. No obstante, el impacto del referéndum británico es tan sólo un alivio temporal, ya que para retomar la competitividad real debe consolidarse el descenso de la inflación y comenzar a trabajar en otros componentes que hacen a los impactos sistémicos (estructura impositiva, logística, productividad, costos, entre otras).

Argentina debe delinear instituciones que pavimenten el camino para ampliar el horizonte de la toma de decisiones y parametricen las expectativas económicas de nuestra ciudadanía. Habida cuenta que ya estamos nuevamente conectados al mundo, no hay más margen para el autismo, ni para soslayar la volatilidad y complejidad global. Señales confusas acerca de dónde, cómo y cuándo se atacarán los desequilibrios macroeconómicos, solo nieblan el futuro. De los errores se aprende y es bueno que así sea. Pero posiblemente nos haya costado un segundo semestre perdido en materia de actividad y de generación de empleo.

En definitiva, es preciso dotar de consistencia y previsibilidad a esta transición de un esquema económico populista a uno desarrollista liderado por la inversión junto a un adecuado balance del consumo y las exportaciones. Generar un plan coordinado con una política fiscal, monetaria, de ingresos y de inversión pública que opere en forma simultánea junto a incentivos específicos generará un fuerte imán para aprovechar las potencialidades que tiene nuestra economía, clarificando el punto de partida para un crecimiento inclusivo y sustentable.

Fuente: Clarín